Dr. Martin Wainstein - Ed. MRI, Palo Alto, California, 1994
Una vieja sentencia poŽtica dice que en este mundo Ònada es verdad ni esmentira, todo es segœn el color del cristal con que se miraÓ. Una costumbre, tambiŽn antigua, otorga a los poŽtas una ÒlicenciaÓ que autoriza ciertos juegos de lenguaje. Estos permiten poner entre parŽntesis cosas evidentes para el sentido comœn pero invisibles desde las premisas de un pensamiento que, como el cient’fico, se contrapone a veces a ese pretendido relativismo del discurso poŽtico.
El mundo de la cotidianeidad y el de la ciencia que absorbemos en la escuela, en la universidad, el que se incrusta en la especializaci—n disciplinaria y elmundo de los expertos, es un mundo de conceptos de aristas duras, un mundo de verdades o mentiras.
Es posible que esta separaci—n entre saber y poes’a haya ocurrido durante el proceso renacentista, fen—meno burguŽs caracterizado por el auge del maquinismo y la hegemon’a de la raz—n, que tuvo su epicentro en la Italia y la Francia del Siglo XV.
Sin embargo la historia de la raz—n no tuvo el desarrollo lineal y progresivo que debi— haber sido su producto. Mas bien conoci—, al decir de Kuhn, avances y retrocesos, ÒrevolucionesÓ, Òcambios de paradigmasÓ, transformaciones de las bases del conocimiento. Pero a pesar de eso, o por eso, vio siempre en el relativismo un enemigo capaz de poner en riesgo el acceso final a las verdades sencillas que la ciencia buscaba a pesar de la apariencia superflua y cambiante de las cosas.
Si tuviŽramos que elegir entre las virtudes que la Raz—n de la Žpoca Moderna reivindicaba para la ciencia, no podr’amos evitar nombrar dos, las nociones de simpleza y certidumbre.
La simpleza se relaciona con el an‡lisis, el fragmentar lo que se presenta m‡s complicado, reducir el nœmero de relaciones, recortar la duraci—n de las secuencias, hasta hallar reglas sencillas para descripciones sencillas a la evidencia.
En el mundo de lo simple el pensamiento es disyuntivo y reductor. Se busca la explicaci—n del todo por las partes que lo constituyen y de cada parte por su propia constituci—n, descripta en tŽrminos de causalidades o efectos, aislada de su entorno, separable del observador y de las distorsiones provocadas por sus percepciones premisas o creencias.
En el mundo de lo simple el modelo es la m‡quina y la creencia el maquinismo. Las relaciones son simples: A determina a B, B determina a C. Se habla de una acci—n a distancia por medio de algœn mecanismo como la palanca, los resortes, las correas, la hidr‡ulica, la energ’a.
El mundo de la certidumbre tambiŽn tiene sus premisas, por ejemplo, la necesidad de un criterio de verdad sostenido por la idea de verificaci—n.
Es un mundo constitu’do por objetos independientes de las personas que los experimentan. Un mundo en el cual una piedra es un objeto ajeno a la subjetividad y duro al tacto. Un mundo en el que aœn si no hubiera gente en el universo una piedra ser’a ajena y dura.
Ante ese mundo Òreal y objetivoÓ tiene que ser posible decir cosas que son objetiva, absoluta e intencionalmente verdaderas o falsas. Por supuesto que como seres humanos, estamos propensos al error humano, la ilusi—n, el error perceptual de juicio, el peso de lo emocional, el prejuicio, la presi—n de las ideas culturales. Es decir, todo aquello que nos hace poco fiables como personas individuales.
Para salvar este problema la ciencia aporta un mŽtodo que nos permite superar nuestras limitaciones subjetivas y obtener un saber de validez universal, verificable y en progreso cont’nuo.
Lo Òpuramente subjetivoÓ conectado al mundo de las emociones, la intuici—n, lo imaginario, en fin Ðpor quŽ no decirlo-, tal vez hasta conectado a un mundo de verdades m‡s elevadas, fue separado y qued— separado de nociones como verdad, raz—n, precisi—n, equidad.
La ciencia renunci— as’ por mucho tiempo, ese tiempo que hoy llamamos el tiempo de la modernidad, a las nociones de complejidad e incertidumbre.
No es que la complejidad no fuera algo conocido, al fin ya Blas Pascallo expresaba hace siglos ÒHay tres signos, todas las cosas est‡n ayudadas y son ayudantes, todas las cosas son mediatas e inmediatas y todas est‡n ligadas entre ellas por un lazo que une las m‡s alejadas, unas con otras. En esas condiciones es imposible conocer las partes si no conozco el todo y es imposible conocer el todo si no conozco las partesÓ.
Con el tiempo result— cierto que el modo de pensar de la ciencia cl‡sica se adaptaba m‡s para el estudio de las piedras que de otras cosas que planteaban el desaf’o de la complejidad.
Cosas como las intenciones, los ‡tomos, los pron—sticos metereol—gicos, los desequilibrios ecol—gicos inmanejables, las pr‡cticas morales, cuestiones de microf’sica, de sensibilidad estŽtica, los comportamientos burs‡tiles a escala universal, los exabruptos inconcientes surgidos de cierta bruma de irracionalidad no reconocible para la conciencia moral, etc.; no pueden ser entendidas por medios tradicionales y la soluci—n fue descartarlas.
Sin embargo la crisis y el punto de ruptura no ocurri— en las ciencias del hombre o en la pol’tica. Impredeciblemente fue en la f’sica.
Si para la f’sica cl‡sica el ‡tomo era el ladrillo de la naturaleza, la microf’sica descubri— que en el ‡tomo hab’a un universo, y mas grave aœn, ese universo era impredecible y demasiado complejo para las leyes newtonianas que explicaban y predec’an el universo de las estrellas y los planetas.
A finales del siglo XIX la f’sica cre’a poder explicar todos los fen—menos obserbables de la materia a partir de las leyes del comprotamiento de las part’culas de Newton y de las leyes de comportamiento de las ondas eletromagnŽticas de Maxwell. En realidad salvo para el caso de los superconductores y los superflu’dos las descripciones eran adecuadas a escala macrosc—pica. Pero, en una escala subat—mica las unidades pueden manifestarse como ondas o como corpœsculos, dependiendo esto del instrumento de medici—n utilizado.
Para los f’sicos de principio de siglo parec’a imposible que algo pod’a ser asimilable a la idea de part’cula (unidad elemental con posici—n y velocidad determinadas) y a la de onda que se exparce por el espacio. La mec‡nica cu‡ntica demor— un tiempo hasta hallar la soluci—n mediante una interpretaci—n que Niels Bohr dio del problema. Su principio de complementariedad propon’a que la cualidad ondulatoria o corpuscular no era una propiedad de la luz sino que depend’a de la interacci—n con el investigardor y su instrumento de medida.
No mucho mas tarde, Von Heisemberg enunci— su principio de indeterminaci—n, tambiŽn en la mec‡nica cu‡ntica. Por Žl se se–ala la imposibilidad de medir precisa y simult‡neamente la posici—n y el momento (masa por velocidad) de una particula. Si bien en un primer momento se atribuy— la dificultad a deficits tŽcnicos (el impacto de los fotones de luz implicados en la medici—n) actualmente la incertidumbre se ha incrementado por ciertas propiedades an‡logas a la velocidad y la posici—n propias de las part’culas subat—micas, propiedades vagas que adquieren relevancia durante la medici—n. Si se realiza la misma medici—n en un gran nœmero de cuantones los resultados ser‡n variables dentro de ciertos par‡metros de incertidumbre.
En sencillo: los f’sicos se hab’an topado con un mundo complejo, poco previsible e incierto y la clave de esa incertidumbre estaba en la injerenciade la observaci—n (el observador) en el objeto observado. El observador alteraba lo observado por el mero hecho de su observaci—n. Los f’sicos alteraban sus criterios cl‡sicos de realidad, objetividad y verdad. La condici—n de onda o part’cula no era algo definido por el electr—n sino por la tŽcnica de observaci—n que es una elecci—n del observador.
Las ciencias ÒexactasÓ han ido incorporando desde entonces progresivamente una cantidad de conceptos como azar, probabilidad, fricci—n, disipaci—n, no equilibrio, fluctuaciones, que hist—ricamente eran considerados molestos. Hoy -m‡s que de fen—menos termoest‡ticos, por ejemplo- se habla de fen—menos termodin‡micos irreversibles y nociones como orden son cotejadas con la noci—n de caos.
Un concepto central de la ciencia moderna es el de sistema -que vino a reemplazar la noci—n simple de objeto-. El sistema es una entidad compleja por definici—n. Tiene su estructura, su organizaci—n, sus elementos, partes ensambladas y articuladas con cierto orden que hace del sistema algo m‡s que el mero agregado de sus partes, pero tambiŽn algo menos, ya que todo sistema tiene restricciones.
Los sistemas no son entes triviales, es decir totalmente describibles, siempre que sean captables s—lo mediante un modelo o teor’a.
Esto es algo fundamental del pensamiento complejo y de una ciencia de la complejidad, como dice Edgard Morin Òluchamos por edificar meta-puntos de vistaÓ para salir del relativismo, pero estos suelen ser fr‡giles, inciertos y limitados. Tal vez la diferencia entre la ciencia moderna y la de una complejidad post-moderna resida en la lucha con esa dificultad: si el pensamiento simple entend’a el conocimiento como reflejo de la realidad y no necesitaba conocerse a s’ mismo para conocer a su objeto; el pensamiento complejo necesita retornar sobre s’ mismo, sobre las operaciones cognitivas, las conductas sociales, las influencia lingu’sticas, hist—ricas y pol’ticas con las que construye el mundo de significados con los que pretende explicar su propia complejidad.
Hoy como nunca la cuesti—n de la organizaci—n de la mente y los mundos que ella es capaz de crear se confunde ’ntimamente con la cuesti—n de la organizaci—n del conocimiento.
ÀC—mo operan los sistemas observadores para observar como operan ellos mismos en su observar, siendo que toda la variaci—n perceptual o conceptual en ellos es resultado de las propias variaciones que ellos experiementan?
La pregunta anterior nos sumerge en el interior de una paradoja que como la del cretense que se confesaba mentiroso, implica una cont’nua y circular reabsorci—n de las premisas.
Muchos cient’ficos y pensadores actuales intentan salir de ella, saltando de una concepci—n de la ciencia hacia otra.
Si la preocupaci—n cl‡sica de los cient’ficos era la objetividad y la predicci—n, la meta actual y futura parece ser la simulaci—n y el conocimiento m‡s ’ntimo posible de c—mo los sistemas responden a las perturbaciones de su entorno.
Al feed-back o proceso de realimentaci—n se ha agreagado el estudio del feed-forward o mecanismo de anticipaci—n y conducta planificadora, anticipatoria y pro-activa propia de la mente humana y de sus efectos sobre los efectos probables de la acci—n.
Esta paradoja de la autoreferencia a la que nos estamos refiriendo es probablemente la burbuja conceptual dentro de la cual transitamos el cambio de milenio como habitantes de un planeta que, metaf—ricamente alguien describi— como una casa de Òun ambienteÓ.
No resulta demasiado llamativo este cambio de perspectiva en el pensamiento -desde la predicci—n hacia intimar con las respuestas a las perturbaciones- si pensamos que las grandes predicciones y aœn las m‡s peque–as de la vida cotidiana fracasan sitem‡ticamente. El ejemplo m‡s evidente es la destrucci—n sistem‡tica del ambiente humano en un contexto racional, instrumental, que perfecciona las tŽcnicas m‡s sofisticadas de predicci—n y control.
Tomemos como ejemplo la pr‡ctica cotidiana de la psicolog’a cl’nica. Aœn en los casos m‡s cr’ticos, los criterios diagn—sticos son discutibles por la complejidad de lo que intentan delimitar Ðy tanto ellos como las predicciones que sustenten acerca de la conducta futura de un paciente-
dicen m‡s sobre la teor’a y el pensamiento del terapeuta, que sobre lo que ocurre o ocurrir‡ con el paciente. Es m‡s la idea de que el paciente ÒrotuladoÓ queda autom‡ticamente atrapado en el contexto significante y social del r—tulo se hizo evidente desde las experiencias de Rosenhan, (conocida experiencia publicada por la revista Science como ÒEstar sano en un medio enfermoÓ).
Hoy m‡s que nunca se sostiene que el tratamiento es algo complejo e incierto como cualquier relaci—n humana, que el terapeuta es parte del sistema cl’nico con un criterio m‡s exigente que el cl‡sico de la teor’a de la tranferencia.
En realidad la hip—tesis es que culaquier teor’a que el terapeuta use como referencia lo llevar‡ a encontrar lo que buscaba.
Pareciera que m‡s que una teor’a sobre pacientes o enfermedades, la pr‡ctica cl’nica requiere una meta-teor’a orientada a la organizacio—n de las operaciones y secuencias de un tratamiento de tal modo que se creen las codiciones —ptimas ylas perturbaciones adecuadas para que el sistema cl’nico bloquee las premisas autovalidantes y revele opciones creativas en sus mecanismos de creaci—n de nuevos significados.
Podr’a decirse, de regreso al comienzo: que nuestra meta-teor’a debiera relacionar los conceptos fundamentales del conocimiento en general con nuestras pr‡cticas particulares y ser capaz de generar alternativas en los colores y cristales desde los que se pueden mirar las ÒcosasÓ cl’nicas sin instruir acerca de quŽ ÒcosasÓ hay que mirar.
Ed.: Fundaci—n Instituto Gregory Bateson, Buenos Aires.
Curso de Posgrado Formaci—n de Terapeutas - Ed. 1995, Buenos Aires.
MentalResearch Institute Palo Alto, CA, USA